Excomunión y el fracaso de los Anabaptistas

Ubicada en las planicies de la parte baja de Rhein en Alemania, alrededor de un monasterio benedictino, Mönchen-Gladbach era una ciudad de canto. Cantaban todos los grupos corales de las monjas del convento de Neuwerk. La música del órgano del obispo hacía un hermoso eco en los vitrales y la arquitectura gótica de la Parroquia sobre los que asistían a la misa.

Pero en los 1530s, otros cantos empezaron a agitar los corazones de la gente de Mönchen-Gladbach. Los creyentes anabaptistas, reunidos en secreto en hogares de noche, le cantaban al Señor y lo amaban. Cantaban himnos acerca de dejar y rendir todo por causa de Cristo, tomando la cruz para seguirlo. No pasó mucho tiempo antes de que la ciudad se diera cuenta de la verdad de lo que ellos cantaban.

En 1537, aprehendieron a Vit Pilgrams, un anabaptista, y lo torturaron en el potro. Después de varios meses en los cuales no lograron que se retractara de su fe, lo quemaron en la estaca el 26 de mayo, junto con una bolsa de pólvora en su barbilla. Luego aprehendieron a Theuniz van Hasternrath, el primer mensajero anabaptista en Mönchen-Gladbach, y lo mataron también. El hombre que tomó su lugar fue un hermano llamado Lambert Kramer. Lambert amaba a Cristo y hablaba acerca de Él en cada oportunidad que podía. Muchas veces celebró cultos secretos en su casa1 y hospedaba a Menno Simons cada vez que él venía a visitar el área. En una ocasión las autoridades destruyeron su casa y confiscaron sus posesiones por causa de sus actividades anabaptistas.

Zelis Jacobs, un carbonero, era un compañero fiel y cercano de Lambert Kramer. Zelis hablaba muy valientemente acerca de Jesús. Lo eligieron como siervo de la Palabra y en los 1560s, él mismo or- denó a dos jóvenes, Matías Servaes y Enrique von Krufft, para ayudarle en el ministerio. Bajo la dirección de Zelis y de estos varones jóvenes, los creyentes se reunían de noche para orar y cantar en una cantera entre Mönchen-Gladbach y la aldea de Viersen. Los cánticos de los anabaptistas elevaban sus espíritus a Dios. No dejaron de cantar después de que Matías Servaes y otros cincuenta y seis hermanos cayeron en manos de las autoridades en 1565. Pero sus cantos tomaron una nota melancólica cuando las noticias de algo mucho peor que el encarcelamiento de sus líderes y hermanos llegaron a sus oídos.

Desacuerdo en la comunidad del Señor

Poco a poco los creyentes de Mönchen-Gladbach llegaron a enterarse de que estaban ocurriendo cosas extrañas entre los anabaptistas de Holanda. Les llegaban reportes de excomuniones repentinas y de expulsiones duras: de hombres rehusando dormir y comer con su mujer, y de hermanos expulsados por razones triviales. Parecía que los anabaptistas holandeses ya no usaban la excomunión para tratar con pecados claramente evidentes, sino como un arreglo rápido para cualquier desacuerdo que hubiera entre los hermanos. Cualquiera que cuestionara lo que decía “la iglesia” (ahora “la iglesia” eran los líderes más respetados como Menno Simons y Dirk Philips) estaba en peligro de ser “entregado a Satanás.” Luego en 1555, las cosas llegaron a un punto crítico en el pueblo holandés de Franeker.

Los comerciantes de Franeker, en tierra plana a diez millas de Leewarden, en Frisia, no eran pobres. Vivían en casas muy cómodas en el piso de arriba de sus negocios a lo largo de las calles empedradas del pueblo. Los granjeros que atendían vacas y recogían heno para el invierno, tampoco eran pobres allí. Pero estaban hambrientos: hambrientos de la verdad predicada por los anabaptistas en los 1530s.

Unos pocos años después de que los primeros mensajeros anabaptistas fueran a Franeker, ya se reunía una congregación de creyentes en casas con puertas cerradas y con algunos hermanos vigi- lando para avisar del peligro de guardias que pudieran venir. Allí tomaban la santa cena doscientos cincuenta, trescientos, quinientos, y eventualmente más de seiscientos miembros bautizados. Contando a los niños, es probable que el grupo llegara a mil almas, pero Satanás no estaba contento con eso e hizo todo lo que estaba en su poder para causar problemas.

Después de varias expulsiones repentinas y excesivamente severas (a las que muchos hermanos objetaron), los ancianos de Franeker excomulgaron a un maestro de la Palabra, Enrique Naeldman, y a todos los que con él no apoyaban lo que habían hecho anteriormente ellos como ancianos.2 Las noticias de ello llegaron al área del Rhein. Luego, mientras que Matías Servaes todavía se hallaba en la prisión, Lambert Kramer, Germán van Tielt, y Hans Sikkens, viajaron a Wüstenfelde, la pequeña aldea ubicada en las planicies de Schleswig-Holstein, trescientas millas al norte, para saber qué estaba pasando.

Se quedaron en casa de Menno Simons. Lambert y Menno habían sido muy buenos amigos desde hacía muchos años y tuvieron una visita agradable. Por dos días discutieron lo referente a la disciplina y la excomunión: cuándo usarla y cuándo no. Otros líderes del área vinieron y muchos compartieron sus puntos de vista. Luego Germán y Hans se fueron, mientras que Lambert se quedó por dos días más en casa de la familia Simons.

En su viaje de vuelta al norte, Lambert se sentía impresionado con la posición que Menno Simons y los líderes holandeses estaban tomando en cuanto a la excomunión. Pero al pensar seriamente sobre ello y después de hablar con los creyentes de su congregación, algo parecía no estar bien. ¿Cómo podía usarse tan libremente la excomunión? ¿Era correcto “entregar a Satanás” a alguien cuando no había un pecado claramente cometido, y en casos en los que el transgresor ya estaba arrepentido? ¿Estaba bien demandar una separación tan drástica de parte de los de adentro para con los que habían sido echados fuera?

Atrapados entre la posición tan estricta de los anabaptistas holandeses y la posición moderada de los anabaptistas de Suiza y del sur de Alemania, los creyentes de Mönchen-Gladbach y de toda el área alrededor empezaron a sentirse cada vez más incómodos. En la primavera de 1557, Menno Simons y Leenaerdt Bouwens convocaron otra reunión (en Köln am Rhein) para tratar estos asuntos otra vez. Invitaron a Lambert, a Zelis y a otros líderes anabaptistas de las ciudades vecinas. Matías Servaes no pudo asistir. Pero les escribió desde su celda en Bayen, amonestándoles a tomar una posición cautelosa y moderada en el espíritu manso de Cristo. Luego, varios meses después, Lambert y Zelis viajaron al sur, esta vez para reunirse con los líderes anabaptistas de Estrasburgo.

La ruptura de los anabaptistas

De toda Alemania del sur, Suiza y Francia, vinieron los hermanos. Se reunieron en Estrasburgo en la casa de un creyente y leyeron la carta que Menno Simons había escrito en la que pedía a los creyentes de Alemania que aceptaran su posición acerca de la excomunión. Menno Simons les pedía que trazaran líneas de compañerismo más estrictas y que se separaran de aquellos que no tomaran esa posición. Pero los hermanos que se reunieron en Estrasburgo oraron y dialogaron a fondo acerca de tal petición y entonces decidieron rechazarla amorosa pero firmemente. Escribieron una carta respondiendo a Menno y a los líderes holandeses, pidiéndoles que reconsideraran su posición y que manejaran la disciplina en el espíritu de Cristo, no de una manera autoritaria y dura. En la carta, los hermanos declararon su deseo de que este asunto no los dividiera, sino que pudieran continuar siguiendo a Cristo juntos, como hasta ese momento lo habían hecho, a pesar de sus diferencias de opinión.

Sus esperanzas se deshicieron. Lambert y Zelis llevaron la carta a los creyentes de Holanda. Pero los creyentes de Holanda le llamaron falsa doctrina, acomodarse al mundo y otros adjetivos de desaprobación. Menno Simons contestó con una carta muy fuerte que él llamó La envió a Lambert y a Zelis. Después de pensarlo por un tiempo, ellos le escribieron de vuelta. Ni Lambert ni Zelis podían escribirle a Menno Simons. Tampoco querían una controversia. Pero le rogaron a Menno Simons que volviera a su posición más moderada acerca de la excomunión que antes tenía. Le dijeron a Menno que antes preferirían ser excomulgados ellos mismos que apoyar esta manera extrema y no semejante a Cristo de expulsar a la gente de la comunidad del Señor.

Menno escribió una respuesta: Una respuesta completa, llena de instrucción y consejo, para las acusaciones injustas e inmerecidas de Zelis y Lambert, su amargo y calumniador llamamiento de nuestra posición, la que es, como lo creemos, la verdadera enseñanza de los santos apóstoles acerca de la excomunión. 4 Poco después5, Dirk Philips y Leenaerdt Bouwens viajaron por Köln y Viersen y Mönchen-Gladbach, hasta el sur de Alemania, con una terrible misión. Todo lugar a donde fueron, leyeron una carta, escrita por Menno Simons, excomulgando a Lambert Kramer, a Zelis Jacobs, y a todos los anabaptistas suizos y del sur de Alemania con ellos.6

Más problemas en Franeker

Tan pronto como regresaron de su viaje, Dirk Philips y Leenaerdt Bouwens tuvieron que encargarse de cuestiones serias en Frisia. Menno Simons murió poco después de su regreso y Leenaerdt Bouwens se convirtió en el líder de los anabaptistas en la región. Pero no todos estaban contentos. Muchos hermanos de Frisia sentían que Leenaerdt “señoreaba sobre la grey” y también cuestionaban el hecho de que él tomaba dinero por predicar. También se preguntaban acerca de que bebía vino (y parece que demasiado). Finalmente, en 1556, bajo el mando de Dirk Philips, Leenaerdt perdió su responsabilidad como anciano de la comunidad del Señor. Entonces vino la pregunta de quién debía de reemplazarlo. La ordenación trajo a la luz una diferencia de ya tiempo atrás entre los hermanos nativos de Frisia y los hermanos flémicos originarios de Bélgica, que se habían ido a establecer en Frisia por causa de la persecución. Los frisianos pensaban que los flémicos se vestían con ropa lujosa. Los flémicos pensaban que los frisianos vivían en casas lujosas. Cuando los ancianos de Franeker ordenaron a un hermano flémico, Jeroen Tinnegieter, la congregación se dividió inmediatamente. Leenaerdt Bouwens se puso del lado de los frisianos (y recuperó su responsabilidad como ministro). Dirk Philips se puso del lado de los flémicos, y los dos hombres que habían trabajado ya por tanto tiempo juntos, compartiendo gozos, tristezas, peligros y enseñanzas en la obra del Señor, terminaron excomulgándose uno al otro. Con ello, excomulgaron en masa a todos los que apoyaban al uno o al otro; es decir, los grupos flémico y frisiano se excomulgaron y evitaron el uno al otro por completo.

A principios del los 1550s, Menno Simons había escrito una carta a la congregación de Franeker, implorando a los hermanos así: “por Dios persigan la paz. Y si han chocado duramente unos con otros, entonces purifiquen sus corazones y reconcíliense en Cristo Jesús… Si están bautizados en un solo Espíritu, completen mi gozo y sean de una mente con Cristo. Edifiquen, no destruyan. Instrúyanse unos a otros en amor y no se desunan, para que la ben- dita paz de Dios sea con todos sus hijos y permanezca en nosotros íntegra para vida eterna.” Pero como resultado de su propia enseñanza, los deseos de Menno, no pudieron cumplirse, y el toro alocado del liderazgo eclesiástico autoritario empezó a desbocarse en la cristalería del movimiento anabaptista.

La exaltación de la autoridad de la hermandad

No mucho después de haber dejado la iglesia católica romana, Menno había escrito:

Aconsejamos y amonestamos a todos a prestar mucha atención a la Palabra de Dios… No les hemos dirigido a hombre ni a las enseñanzas de hombre, sino a Jesucristo solamente y a su Santa Palabra, predicada y enseñada por los apóstoles. Todas las enseñanzas que no concuerdan con las enseñanzas de Jesucristo y de sus apóstoles, no importa qué tan buenas puedan parecer, son anatema.7 Cristo ordena a todos los mensajeros y predicadores verdaderos que prediquen el evangelio. Él no dice: “Prediquen las doctrinas y los mandamientos de hombres, prediquen concilios y costumbres, interpretaciones y opiniones de expertos.” Él dice: “¡Prediquen el Evangelio! Enseñen a esos hombres a poner por obra todas las cosas que Yo les he mandado.” (Mateo 28:20).8

No miramos a señores, ni príncipes, ni a los concilios de los padres, ni a las costumbres de antaño que han sido aceptadas ya por mucho tiempo. Porque ningún emperador, ni rey, ni doctor, ni concilio, ni educador o maestro, ni decreto, puede permanecer ante la Palabra de Dios. No estamos atados por hombres. Estamos ligados a los mandamientos de Cristo, por las enseñanzas y prácticas puras de los apóstoles… Haciendo esto, jamás engañaremos a nadie, ni seremos nosotros mismos engañados.9

Con una clara visión de la autoridad de Cristo, Menno Simons rechazó la creencia de que la iglesia esté en medio de Dios y el hombre, huyendo así rápidamente del catolicismo romano. Pero al final de su vida su visión se anubló y su enseñanza cambió. Al final, Menno terminó sometiéndose a la autoridad de una nueva “iglesia mediadora,” la de la iglesia anabaptista que él ayudó a establecer. De hecho, su primer amor por Cristo se enfrió por permitir un amor desordenado hacia la iglesia misma.10 Y, gracias a los escritos de su vejez y a los de los anabaptistas holandeses y alsacianos (amish), su posición posterior prevaleció.11

Cuatrocientos años después de la muerte de Menno Simons, escuché a un obispo menonita predicando acerca de “La clave anabaptista para la sana doctrina.” Él dijo:

Los anabaptistas descubrieron la clave para definir y mantener la sana doctrina. Ellos descubrieron el “filtro de la hermandad.” Ninguna doctrina puede ser considerada bíblica a menos que pase por el filtro de la hermandad Bíblica. Por lo tanto, todas las convicciones personales de- ben ser presentadas a la hermandad, donde la sana doctrina se define, las Escrituras son interpretadas apropiadamente y la verdad se puede descubrir. Es en sumisión a esta hermandad bíblica que encontramos la estabilidad doctrinal… Dios ha encargado a la hermandad bíblica que le traiga la Biblia al pueblo… Que Dios nos ayude entonces a reafirmar nuestra entrega a la hermandad, que es la base de nuestra fe, nuestra fuente de estabilidad, y el lugar del cual podemos salir a evangelizar.

El sermón del obispo fue muy bien presentado y expresó lo que sin lugar a dudas Menno Simons, Dirk Philips y Leenaerdt Bouwens creían en los 1550s. Pero no es la enseñanza que engendró al movimiento anabaptista. Y ciertamente no es lo que los anabaptistas de Suiza y del sur de Alemania creían. El movimiento anabaptista comenzó con la creencia de que la iglesia no fue llamada por Dios para “traerle la Biblia al pueblo,” que la verdad no se encuentra en el consenso, y que los concilios eclesiásticos no tienen el derecho de interpretar o definir las enseñanzas de Cristo. Menno Simons, en los primeros años de su ministerio, escribió:

Nuestro concilio es lo que está escrito en las Escrituras... Nada debe ser predicado en el reino de Cristo, salvo los mandamientos del Rey. Nada puede ser enseñado en la casa de Cristo, excepto las Palabras del Esposo Cristo. Toda la casa debe gobernarse de acuerdo con Él.12 Una vez que esta enseñanza cambió, no pasó mucho tiempo antes de que tuvieran…

Aún más problemas en Franeker

Poco después de la trágica división de 1665, que dividió a la mayoría de los anabaptistas holandeses en Frisianos y Flémicos, el grupo Flémico de Franeker, necesitaba una nueva casa de reunión.

Su anciano, Tomás Bintgens, a quien se le había confiado el dinero de la hermandad, compró felizmente una ganga. Los acreedores de un hombre pobre borracho de la ciudad lo habían obligado a vender su casa al mejor postor. El borracho conocía a Tomás Bintgens. Le ofreció venderle la casa por setecientos florines, pero para evitar la posibilidad de mejores postores, hizo que el recibo falsamente marcara ochocientos. Tomás Bintgens no pensó mucho en ese detalle. Dio el reporte a los otros ministros, sin guardar información alguna, y él esperaba que ellos estuvieran complacidos. No se sintieron nada complacidos. De hecho, Jacob Keest, Joost Jans y Jacob Berends se horrorizaron: “¡Compraste la casa de ese borracho sin ni siquiera hablar con sus acreedores! ¿Y cómo pudiste aceptar un recibo falso?”

Tan pronto como Tomás Bintgens fue confrontado con su error, se arrepintió de todo corazón. “Prefiero pagar el doble por la casa antes que usar mi dinero para ser piedra de tropiezo para nadie,” declaró. Pero sus compañeros ministros no quedaron satisfechos. Decidieron que tal falta de juicio en Tomás mostraba que no estaba cualificado para ser ministro, y que debía dejar su responsabilidad. Pero muchos en la congregación no estuvieron de acuerdo. Dijeron: “Tomás es un buen hombre. De hecho, él es más consistente en su vida diaria, y trata con el pecado y la mundanalidad más francamente que los otros ministros.”

Era verdad. Tomás Bintgens había sido el más “conservador” de los ministros menonitas flémicos. Pronto, los miembros “conservadores” de la congregación se pusieron en su defensa, mientras que los “liberales” apoyaron a sus oponentes. En tres ocasiones, comités de ancianos de otras congregaciones (Haarlem, Ámsterdam, Groningen y otras partes) vinieron para ayudar a resolver la disputa. Pero no pudieron traer el conflicto a una conclusión y una vez más recurrieron a la excomunión para resolver sus diferencias. Ambos grupos se excomulgaron y evitaron unos a otros. Y la división se esparció por toda Holanda y el norte de Alemania. Antes de que pasaran muchos años, prácticamente todas las iglesias me- nonitas flémicas se habían dividido en dos grupos: el grupo conservador “comprador de casa” y el liberal “anti-compra de casa.”13

Los problemas de los anabaptistas aumentan

Al volver los anabaptistas de Holanda todas sus energías hacia imponer y hacer cumplir su autoridad y sus reglas que pusieron unos sobre otros, los perseguidores también se relajaron en su persecución. Para fines del siglo dieciséis, ya ni los católicos romanos ni los protestantes temían a los anabaptistas holandeses. En vez de advertirle a la gente en contra de ellos, empezaron a hacer burla de sus tantas divisiones y reglas de miras estrechas.

Y era verdad. Al perder su enfoque, de seguir a Cristo hacia someterse a la autoridad de la hermandad, las reglas se multiplicaron. Cada área de la vida, desde la clase de herramientas y oficios, hasta el modo exacto de vestir: sombreros, zapatos, etc., fue afectada por las reglas. En 1589, también el grupo de los frisianos (de Leenaerdt Bouwens) se dividió en los Harde Vriezen y los Slappe Vriezen (Los Frisianos Duros y los Frisianos Relajados). Los Frisianos Duros, que se consideraban la única iglesia de Cristo, se dividieron pronto en los Jan Jacobsgezinden,14 los Thijs-Gerritszvolk, los Pieter-Jeltjesvolk, y en docenas de otros pequeños grupos y subgrupos. 15 Algunos de los Frisianos Relajados se unieron con el grupo de Enrique Naeldeman (los menonitas Waterlander), y otros se unieron a congregaciones anabaptistas en el bajo Rhein. Al mismo tiempo, los menonitas flémicos (el grupo de Dirk Philips) se dividieron en los Oude Vlamingen y los Zachte Vlamingen (Flémicos Antiguos y Flémicos Lentos), y ambos grupos después se dividie- ron en muchos más: los Vermeulensvolk, los Vincent de Hondvolk, el Thomas Snepvolk, y los de Jan-Evertsvolk, por nombrar sólo unos pocos.

Prácticamente cada grupo “entregó a Satanás” al grupo del que salió, y a su vez, fue “entregado a Satanás” por el grupo del que salió. Dentro de treinta años después de la muerte de Menno Simons, la mayoría de los anabaptistas holandeses ya habían sido excomulgados tres o cuatro veces por otros anabaptistas que decían tener autoridad sobre ellos. Entre las pocas excepciones, se encuentran los Bekommerde Vriezen (Frisianos Preocupados), que rehusaron excomulgar al resto de los grupos, y los Stilstaanders de Zelandia, que no se pusieron del lado de ningún grupo, pero que fueron “entregados a Satanás” por todos los grupos. Luego, lo que ya terminó de aplastar al anabaptismo holandés fue la Lammerenkrijgh (Guerra de los Corderos, que se desató en los 1650s. Empezó en la congregación flémica bij ´t Lam (Por el Cordero), en Ámsterdam.

La guerra de los corderos

La congregación “Por el Cordero” escogió a Geleyn Abrahamsz, un médico de 26 años de edad, como maestro de la Palabra en 1648. Geleyn había crecido en una congregación Stilstaander en la isla de Schouwen-Duiveland en la provincia holandesa de Zelandia. De niño fue enseñado a vestirse con modestia, a hablar con discreción y a vivir una vida humilde.16 Él no sabía mucho acerca de los otros anabaptistas en Holanda. Se enteró de todo ello hasta que fue a estudiar medicina a la ciudad de Leyden. Allí se casó con una señorita menonita de Ámsterdam y se estableció allí. Geleyn se puso como meta unificar a los anabaptistas de Ámsterdam. Pero muchos se le opusieron. Se adherían a sus confesiones de fe y a sus listas de reglas que los dividían. A Geleyn esto le dolía mucho y despertó varias preguntas en su mente. El 11 de enero de 1657, presentó ante la congregación “Por el Cordero” un escrito para que lo consideraran.

En su escrito y en sus conversaciones con los otros líderes, él hizo estas preguntas:

1. ¿Hasta qué grado pueden los líderes ejercer su autoridad sobre sus congregaciones? ¿Pueden los líderes decidir incluso lo que los miembros de su congregación deben creer?

2. ¿Puede una congregación o denominación decir que es la única iglesia de Cristo?

3. ¿Puede la autoridad de los líderes humanos anular la autoridad de la conciencia?

4. ¿Pueden las declaraciones de fe o interpretación ser consideradas infalibles? ¿Acaso hay algo infalible fuera de las Escrituras mismas?

Las preguntas de Geleyn llegaron al corazón de la congregación “Por el Cordero.” Ellos bien sabían cómo vivía Geleyn y lo que él enseñaba. Ningún otro líder anabaptista en Ámsterdam seguía el ejemplo de Cristo como él lo hacía. Pero varios de los líderes de Ámsterdam vieron sus preguntas como una amenaza en contra del movimiento mismo. Convocaron una gran reunión en Leyden, invitando a los líderes de Holanda y del norte de Alemania, para venir a dialogar acerca de las preguntas de Geleyn. Escogieron a Thieleman Jansz van Braght, el compilador del Martyrs Mirror, como moderador.

En la reunión, Geleyn explicó sus convicciones de que las Escrituras son una guía segura y de que todo hombre necesita estudiarlas y seguirlas de manera personal, no sólo de una manera prescrita por la hermandad. Él creía que toda verdad puede ser entendida por todos los que vienen a Cristo y que aprenden de Sus Palabras y de Su Ejemplo. Finalmente, él creía que Dios nos juzgará, no tanto por lo que creemos, sino por lo que hacemos; y que si con toda seriedad seguimos Cristo, nuestro estilo de vida y nuestras metas comunes nos traerán juntos en una hermandad armoniosa.

Después de oír esto, los líderes anabaptistas holandeses sacudieron sus cabezas. “Este hombre está deshaciendo la sana doctrina,” dijeron. “Está reemplazando las posiciones de la iglesia por un extraño énfasis en el estilo de vida.” Cuando Geleyn desafió la autoridad de las confesiones de fe menonitas, muchos de los líderes que habían asistido a la reunión se levantaron y dijeron: “Estas confesiones de fe nos han llegado desde el tiempo de los anabaptistas. Presentan una posición bíblica.”

“Pero no todos los anabaptistas creían las mismas cosas,” dijo Geleyn. “Hasta Menno Simons cambió algunas de sus creencias a lo largo del camino.”

Después de esto, los líderes decidieron que Geleyn tendría que abandonar sus convicciones o ser silenciado. Él entonces respondió con otra pregunta: “¿Puede una reunión de ancianos callar a un hombre que fue escogido por la congregación misma para guiarla? ¿Qué no debería la congregación misma callar al ministro?” La mayoría de los miembros de la congregación “por el Cordero” no podían apoyar la destitución de Geleyn Abrahamsz. Sabían que era un hombre muy piadoso, irreprensible en su vida privada y un gran ejemplo para todos los creyentes. Pero algunas familias adineradas que se adherían a la posición conservadora, se salieron de la congregación bajo el liderazgo de Samuel Apostool, y fundaron otro grupo menonita en Ámsterdam, que se empezó a reunir en un lugar llamado de Zon (el sol). Para la aflicción de Geleyn Abrahamsz y el resto de la congregación “Por el Cordero” con él, la división se esparció rápidamente y en cinco años los anabaptistas de allí ya se habían dividido y reagrupado bajo los nombres de Lamistein y Zonisten (los del Cordero y los del Sol).

Entre los que se pusieron del lado de los Lamisten, se hallaba el remanente de las florecientes congregaciones anabaptistas de la parte baja del Rhein. Pero…

Su canto se desvaneció

Después de que decapitaron a Matías Servaes el sábado 30 de junio de 1565, su compañero Enrique von Krufft escribió un canto: Mi gozo en esta vida me es quitado. He venido en angustia y dolor. Por lo cual, canto con un espíritu triste, y si no suena agradable, te ruego que no te vuelvas contra mí. Esdras dice que habrá una gran apostasía. ¡Oh, Dios, el dolor!... Los justos sufren persecución en todo lugar. La perversidad vence en todas partes. Matarán a los que enseñan la Palabra de Dios. ¿A dónde me puedo volver, oh, Dios? En el Nombre del Señor, alzo mis ojos a los montes, ¡de donde viene mi socorro!17

Sí. La persecución les causaba dolor y pena a los anabaptistas. Pero fue una pena pequeña comparada con la gran tristeza de ver que se desintegraba la comunidad del Señor.

Después de que Menno Simons excomulgó a Lambert Kramer, a Zelis Jacobs y a todos los anabaptistas suizos y alemanes del sur en 1559, el movimiento anabaptista entró en un tiempo de confusión y desmayo. Lo que Zwinglio, Lutero y el papa no pudieron lograr por la fuerza, el abuso terrible de la autoridad de la hermandad, logró en el espacio de unos pocos años.

En el norte, el movimiento se dividió, como ya vimos, en docenas de fragmentos que peleaban unos contra otros. En el sur, muchos se desanimaron y apostataron. Miles de anabaptistas, incluyendo a la mayoría de las partes bajas del Rhein. Se rindieron y se unieron a las iglesias estatales. Entre los que sí quedaron (principalmente en las áreas rurales de Francia y Suiza), Jacob Amán in- trodujo la misma enseñanza desastrosa. Luego, el orgulloso espíritu de “nosotros somos los que tenemos la verdad” y “seguir a Cristo significa someterse a nosotros” fue llevado por lo que quedó de los amish, menonitas y hutteritas a Estados Unidos, sólo para reproducirse allí al ciento por uno.

Cuatrocientos cincuenta años después, Mönchen-Gladbach todavía es una ciudad de canto. Pero ahora su música es Rock and Roll y Reggae… y los cantos de los que siguen a Cristo son prácticamente desconocidos. La congregación anabaptista de Mönchen-Gladbach murió en 1654.

  • volver al indice