Menno Simons, Dirk Philips, y Martín Lutero su archi enemigo
“Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llama Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino Él mismo. Estaba vestido de ropa teñida en Sangre; y Su Nombre es: EL VERBO (gr. ?????–Logos– “Palabra, sentencia, discurso, dicho, idea”) DE DIOS.” (Apocalipsis 19:11-13.)
Para los anabaptistas, la Palabra era un Hombre. Y ese Hombre hablaba a través de las Santas Escrituras. Hace algunos años escuché a un ministro menonita explicar cómo los anabaptistas usaron las Escrituras. Él dijo que su eslogan era Sola Scriptura (sólo las Escrituras) y que ellos fueron conocidos como “el pueblo de la Biblia” o, “el pueblo del Libro.” Cuando escuché eso, lo creí, pero desde entonces, he hecho muchos descubrimientos. El eslogan Sola Scriptura fue inventado y usado por Ulrico Zwinglio (el archi enemigo de los anabaptistas) y “el pueblo del Libro” son los judíos y los musulmanes.
Los anabaptistas tenían algo más y mejor que Sola Scriptura. Ellos tenían comunión con Cristo. Y ellos no eran “el pueblo del Libro.” Eran “el pueblo del Hombre.” Los anabaptistas no leían en los evangelios que la Palabra fue hecha papel y tinta. Ellos leían que “El Verbo (la Palabra) fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.” (Juan 1:14.)
Estando de acuerdo con Jacob Kautz, quien dijo que la palabra escrita es sólo “un testimonio, apuntándonos a la Palabra interna,” Hans Denck, escribió:
Yo valoro a las Escrituras por encima de todo tesoro humano, pero no tan altamente como la Palabra de Dios que está Viva, es Fuerte, Eterna, y Libre (Hebreos 4:12.) La Palabra de Dios está libre de los elementos de este mundo. Es Dios mismo. Es Espíritu y no letra, escrita sin pluma ni papel, de tal manera que no puede ser borrada ni eliminada.
Como resultado de esto, la salvación no se halla limitada a la Escritura, aunque la Escritura ayuda a muchos a la salvación (2ª Timoteo 3:16.) Necesitamos entender que la Escritura no puede cambiar un corazón perverso por sí misma, aunque lo haga más sabio. Por otro lado, un corazón piadoso en donde la luz de Dios sí brilla, puede aprender de todas las cosas. Vemos entonces cómo las Escrituras ayudan a aquellos que creen para llevarlos a la salvación y a una vida santa. Pero a los que no creen, ellas (las Escrituras) sólo les sirven para su propia condenación… Si la salvación dependiera exclusivamente de leer las Escrituras o de oírlas predicadas, muchas personas analfabetas, y muchos pueblos que no han tenido predicador, estarían totalmente perdidos.1
Gabriel Ascherman, líder de la comunidad anabaptista de Rossitz, Moravia, preguntó:
¿Por qué los escritos de la Biblia se llaman santos? ¿No es porque han sido hechos especiales y santos? Fuera de la comunión con Cristo y de su comunidad, no pueden ser Santas Escrituras, porque a menos que sean leídas por gente santa, no pueden ser entendidas. Lo santo sólo puede ser entendido por los santos.2
Antes de que lo quemaran en la estaca en 1528, Baltasar Hubmaier escribió:
La Palabra de Dios es agua a todos los que están sedientos de la salvación y es hecha viva en nosotros a través del Espíritu de Dios, sin cuya operación, sólo es letra muerta.3
Un anabaptista testificó ante la corte de Regensburgo en Baviera: Las Escrituras son meramente el testigo de la Palabra Interna de Dios. Un hombre puede bien salvarse sin que se prediquen o lean las Escrituras De otro modo, ¿Qué pasaría con los sordos, ciegos, o los iletrados? Entendemos a Dios, nuestro Redentor, no a través de una letra sin vida, sino a través de la morada de Cristo.4
Si la Palabra se hubiera vuelto papel y tinta, no sería más que una ley muerta para obedecer–como la ley de los rabinos judíos. “Pero no le llamamos a la tinta ni el papel, ni a cosas perecederas, la Palabra de Dios, Espíritu y Vida,” escribieron los anabaptistas suizos. La Palabra es un Hombre. La Palabra ya habló a Adán desde que caminaba en el Edén en el día (varios miles de años antes de que Moisés empezara a escribir la Biblia), y Ella todavía habla en las profundidades más intimas y secretas de los corazones rendidos. Wolfgang Brandhuber escribió:
Si quieres volver a Dios, necesitas volver a través de la puerta por la cual Adán fue expulsado. Para entrar, tendrás que abandonar detrás: tu carne, tu propia voluntad, tus deseos, y tu amor propio, y necesitarás someterte a la Ley en tu corazón. Necesitarás oír la voz que clama del profeta Juan el Bautista y de Isaías, preparando en el desierto el camino del Señor, hasta que lo débil dé lugar a lo fuerte–esto es, hasta que tu espíritu le dé lugar al Espíritu de Cristo.
Para hacer esto, debes de esforzarte y luchar contra la carne por todas partes. Esto te causará gran aflicción y temor ante el rostro del Señor hasta que te vuelvas verdaderamente humilde y pienses de ti mismo como debes de pensar. Entonces el mismo Juan te apuntará, en las íntimas y secretas profundidades de tu corazón, al Cordero de Dios que toma sobre Sí la culpa del mundo. Verás su salvación, y a ti te será revelada su Fuerza.5
La Palabra de Dios es una
Puesto que los anabaptistas hablaban de una palabra externa y una interna, sus enemigos los acusaron de hacer dos Palabras de Dios. “Pero la Palabra externa, escrita o predicada,” escribió Peregrino Marpeck, “y la Palabra interna, son Una.”6 Verdaderamente rendidos a Cristo, los anabaptistas hallaron una perfecta unidad entre la Voz de Cristo en sus corazones y las Santas Escrituras en sus manos.
Ulrico Stadler, un siervo anabaptista de la Palabra en Austerlitz, Moravia, escribió en su libro De la viviente palabra escrita, o de la palabra externa y la interna, y cómo obran en el corazón: La Palabra interna no está escrita ni en papel ni en tablas de piedra. No es hablada ni predicada, sino que el hombre es asegurado y guiado por ella en lo profundo de su alma, y se graba en un corazón de carne a través del Espíritu por el dedo de Dios.
Hans Denck escribió acerca de la palabra interna y externa en tres de sus libros. Él enseñó que la Palabra Interna (la Voz del Es- píritu) viene antes que la palabra externa (las Santas Escrituras) y hace posible que esta última sea recibida. Sin la Palabra adentro, es ininteligible porque “el hombre natural no percibe ni recibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura y no las puede entender, pues se han de discernir espiritualmente.” (1ª Corintios 2:14.)
Hans Langenmantel escribió antes de que lo decapitaran en Wei?enhorn, Baviera, en 1528: Lutero dice que él predica el evangelio de Cristo y que con su voz física él lleva la voz de Cristo a los corazones de sus oyentes. Pero yo digo que primero debe haber algo dentro de nosotros que reciba esa voz física.7 Leopoldo Scharnschlager, un siervo anabaptista de la Palabra en Austria y Suiza, escribió:
Si las Santas Escrituras no son abiertas por el Espíritu de Dios, entonces no sólo las escrituras están muertas, sino que Cristo mismo con sus enseñanzas, su vida, sus sufrimientos, y su muerte, sí, incluso su resurrección, están muertos. Saber todas estas cosas, pero sin el Espíritu de Dios, es inútil, aun cuando uno lea acerca de ellas y las estudie tanto como desee. Sin el Espíritu, uno se vuelve sabio y preparado, pero realmente no aprende, ni se prepara. 8
Mas allá del literalismo
En comunión con la Palabra Interna, los anabaptistas captaron el espíritu de las Santas Escrituras. Se guardaron de la esclavitud de una teología sistemática. Se guardaron de enfocarse en los deta- lles a expensas del tema. Y se guardaron de un literalismo esclavizado en su interpretación.
Cuando quemaron a Jorge Blaurock y a Hans Langegger en la estaca de Klausen, Austria,9 en 1529, un joven de dieciocho años se hallaba entre los espectadores. Su nombre era Pedro. Él no se pudo olvidar de lo que vio. A su edad joven, se volvió a Cristo, y a los veintiún años de edad ya era un siervo de la Palabra. En sus veintitantos, Pedro Walbot escribió una de las confesiones de fe más usadas entre los anabaptistas de Austria y de Moravia. Acerca de tomar literalmente las Escrituras, él escribió:
Porque Cristo dijo “Yo soy la vid” Él no era físicamente un árbol de uvas. Él se llama el Cordero, pero no es físicamente un cordero. Llamó a Pedro una piedrecilla, pero Pedro no se convirtió en piedra. Se quedó humano. Pablo dice de Sara y Agar que son dos pactos. ¿Eso las hace documentos literales? No, sólo representan a los documentos. Cristo dijo: “Yo soy la puerta” y “Yo soy el Camino.” Él dijo también que cualquiera que cree en Él, de su interior correrán ríos de agua viva. Pero Él no tenía en mente un río literal. Cristo habló del hombre que tiene una viga en su ojo, pero esto no significa literalmente una viga. Él le dijo a María en la cruz: “He aquí tu hijo,” y Juan: “He aquí tu madre.” De acuerdo con estas palabras, Juan debió haber sido el hermano del Señor, pero no lo era. Su madre (de Juan) era alguien más. Cristo dijo que la semilla es la palabra de Dios y el campo es el mundo. Las siete vacas flacas y las siete vacas gordas eran siete años– así, las Santas Escrituras hablan muchas veces en palabras como estas. Si tomáramos todo literalmente, muchas cosas locas y necias ocurrirían. De la misma manera, Cristo dijo que su cuerpo es el pan y su sangre el vino, pero no era este el caso físicamente, sino que representaban a esas cosas.10
Mas allá del “Biblismo”
Muchos han dado por sentado que los anabaptistas eran biblistas declarados. “Ellos le dieron a la Biblia el primer lugar y murieron en su defensa” dice la gente.
¿Pero es verdad esto? Que los anabaptistas seguían a Cristo y a sus enseñanzas que Él nos dejó en la Biblia es muy evidente. Pero que ellos tenían el mismo sentir acerca de la Biblia que los “biblistas” o “fundamentalistas” modernos, no es verdad.
Los anabaptistas conocían la palabra alemana para Biblia (Bibel.) Pero no la usaban ordinariamente. Hablaban sólo de las Escrituras– o las Santas Escrituras (y hasta con minúsculas, no con mayúsculas.) Los anabaptistas tampoco nos dejaron su opinión acerca de la versión o traducción “correcta” de la Biblia. Las traducciones al alemán apenas estaban apareciendo en su tiempo. No todas eran muy fidedignas. Y las primeras traducciones que aparecieron venían de Martín Lutero, su archi enemigo. Además de esto, sólo unos pocos anabaptistas como Menno Simons, Conrado Grebel, y Hans Denck, podían leer la Vulgata Latina (la Biblia católica de ese tiempo.)
Los anabaptistas tampoco tenían una posición bien definida acerca del “canon de las Escrituras.” Aceptaban y citaban libremente de todos los libros apócrifos, incluyendo el tercero y cuarto libros de Esdras y el tercer libro de Macabeos. También parecen haber estado algo influenciados por los libros de Dionisio, el evangelio de Nicodemo, el Testamento de los Doce Patriarcas, y la literatura de los santos. El Ausbund conmemora en cantos las muertes de San Laurencio, Santa Ágata, Santa Margarita, Santa Catalina, y otras. El Espejo de anabaptistas incluye más de estos.
Por más de 150 años después del nacimiento del movimiento anabaptista, ellos escribieron muy poco acerca de lo que creían sobre las Escrituras. Su creencia, mientras que seguían al Verbo de Dios cabalgando sobre un caballo blanco vestido de una ropa vestida en sangre, no necesitaba explicación.
Mas allá del misticismo y del pietismo
”¿Entonces qué eran?” me preguntó un menonita sincero después de que yo había hablado acerca de que los anabaptistas seguían a la Palabra que vivía dentro de sus corazones. “¿Eran una especie de místicos o pietistas?”
No.
Sin lugar a dudas, los anabaptistas sintieron la influencia del misticismo medieval, pero dejaron detrás a los místicos cuando se pararon para seguir a Cristo. Los místicos, y más tarde los pietistas, hallaron su deleite en una “comunión secreta con Cristo.” Ellos lograron “seguir a Cristo” de una manera en la que la mayoría de ellos podía seguir viviendo en paz con las iglesias estatales. Para los anabaptistas, esto era impensable e imposible.
Tanto los místicos como los pietistas hallaron su deleite en experiencias del alma y en revelaciones que eclipsaban el ejemplo de Cristo en los evangelios. Pero los anabaptistas hallaron su deleite en la Palabra de Dios. Menno Simons, un ex sacerdote de Witmarsum en Holanda, escribió después de su conversión en 1539: No he recibido ninguna visión ni inspiraciones angelicales. Ni deseo tales cosas, no sea que sea engañado. La Palabra de Cristo únicamente es suficiente para mí. Si no sigo a la Palabra, todo lo que haga es en vano. Incluso si tuviera revelaciones y visiones especiales, tendrían que estar de acuerdo con la Palabra y el Espíritu de Cristo, o
Dirk Philips
Dirk Philips, después de salir de un monasterio franciscano y unirse a los anabaptistas de Leewarden, Friesland, escribió: El evangelio de Cristo Jesús es la verdadera verdad, y el único fundamento en el cual todo debe ser edificado (1ª Corintios 3:11.) Además de esta verdad y este fundamento, no hay nada que permanezca delante de Dios.12 Conrado Grebel escribió a un amigo en 1524:
Haz tú hasta lo sumo en predicar la Palabra de Dios sin temor. Levántate y defiende sólo las instituciones que son de Dios. Cuenta como precioso únicamente lo que es bueno y correcto, solamente lo que puede ser hallado en las escrituras puras y claras. Entonces rechaza y odia y maldice todas las proposiciones, todas las palabras, todas las opiniones, y todas las instituciones de los hombres, incluyendo las tuyas.13
Miguel Sattler escribió:
Que nadie te separe de la orden que está puesta en las Escrituras, orden sellada por la sangre de Jesús y testificada a muchos por sus seguidores.14
La Palabra en sus manos
Martín Lutero condenó a los anabaptistas por “tomar la Palabra de Dios en sus propias manos.” Su acusación no estaba sin fundamento. Los anabaptistas se regocijaban de que “lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida,… os anunciamos.” (1ª Juan 1:1.) Y tomaban literalmente las palabras de Pedro al decir que “ninguna profecía es de interpretación privada.” Ellos creían que ningún líder, ninguna denominación tenía el derecho exclusivo de palpar la Palabra de Dios.
Y creían que la palabra escrita era para que todos lo oyeran, vieran, palparan, y entendieran. Conrado Grebel escribió en 1524: Así como nuestros padres apostataron del Dios verdadero y del conocimiento de Jesucristo y de la fe en El… así también hoy, todo hombre quiere ser salvo por medio de una fe superficial, sin frutos… En el mismo error también estuvimos nosotros, cuando escuchábamos y leíamos a los predicadores evangélicos. Pero después de que tomamos las Escrituras en nuestras propias manos y las consultamos por nosotros mismos en muchos puntos, hemos sido verdaderamente instruidos.15
Grebel criticó a Lutero por su “parquedad irresponsable” para con la población alemana al no darles las Escrituras Santas para que ellos las tomaran e interpretaran por sí mismos. Grebel veía a Lutero como alguien culpable de “esconder la Palabra de Dios, mezclando los mandamientos de Dios con mandamientos de hombres, dañando y frustrando todo lo que viene de Dios.”
La Palabra prohíbe lo que no ordena
Los anabaptistas creían que las iglesias no tienen derechos de hacer reglas acerca de cosas en las cuales las Escrituras no hablan. Conrado Grebel, quien frecuentemente mencionaba el “ejemplo y los mandamientos” de las Escrituras (Beispiel und Geboten) escribió: Cualquier cosa que no hayamos sido ensenados por la clara enseñanza y ejemplo, debemos tomar como algo completamente prohibido, tal como si estuviera escrito: “No hagas esto.” Si los apóstoles no lo hicieron, tampoco nosotros debemos hacerlo.16
Dirk Philips escribió:
Cualquier cosa que Dios no ha mandado, eso nos prohíbe mandar. Por lo tanto, toda práctica y adoración que no está instituida por el directo mandamiento de Dios está mal, sin importar cuántos argumentos humanos lo defiendan.
Menno Simons escribió:
Guárdate de todas las innovaciones y enseñanzas que no vienen de la Palabra de Cristo o de sus apóstoles… Señala a Cristo y a su Palabra en todo tiempo. Que aquellos que introducen algo más que lo que Cristo enseña en su Palabra sean anatema. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. 1ª Corintios 3:11.18
El Antiguo y el Nuevo Testamento
Los anabaptistas creían que los reformadores protestantes confundían los dos pactos: el antiguo y el nuevo, porque no entraban a las Santas Escrituras a través de Cristo. Ellos trataban de saltar o trepar por algún otro lado: por las “doctrinas” de Pablo, las leyes de Moisés, o los profetas neo testamentarios. Esto los convertía en “ladrones y salteadores.” Les hacía tomar ejemplos incorrectos de la gente incorrecta, y los llevaba a usar la palabra escrita de una manera en la que hacía más mal que bien.
Los protestantes, por ejemplo, no siguieron el ejemplo de Cristo de amar a sus enemigos porque veían el ejemplo de David en la guerra. No seguían el ejemplo de Cristo en la cuestión de la economía y las riquezas porque veían a Abraham y a Job. No entendían el reino de Dios porque veían al reino de Israel.
Un anabaptista, siervo de la Palabra, Hans Pfistermeyer, testificó ante las autoridades suizas de Bern, en 1531:
El Nuevo Testamento es mejor que el Antiguo. El Antiguo fue cumplido e interpretado por Cristo. Cristo enseñó un camino mejor y más alto e hizo con su pueblo un nuevo pacto. Yo hago gran diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Pacto y creo que el Nuevo Pacto que ha sido hecho con nosotros es mucho mejor que el Antiguo que fue hecho con los judios.19
En un debate público en Frankenthal, Kurpfalz en 1571, los anabaptistas dijeron:
Los escritos del Antiguo Testamento ofrecen abundantes y fuertes argumentos de que Jesús es el verdadero Dios y Salvador de Quien todos los profetas testificaron… Moisés nos apunta a Cristo nuestro Salvador… Pero creemos que el Nuevo Testamento sobrepasa al Antiguo. Las partes del Antiguo que pueden ser reconciliados con las enseñanzas de Cristo, aceptamos… Si alguna enseñanza necesaria para la salvación y para la vida piadosa no fue enseñada por Cristo y por sus apóstoles, sino que está sólo en el Antiguo Testamento, nos gustaría verla.20
Dirk Philips expresó la misma disposición, pero no esperaba hallar nada semejante. Él escribió:
Los falsos profetas enmascaran sus enseñanzas apelando a la letra del Antiguo Testamento, que consiste de figuras de las cosas que habían o han de venir. Lo que no pueden defender con el Nuevo Testamento, lo tratan de establecer con el Antiguo. Esto ha dado lugar a muchas sectas y a muchas formas de la falsa religión.21
¿Temerosos de la Palabra?
En el condado densamente poblado en donde pase mi niñez, era común la creencia de que la gente que “leía la Biblia demasiado” adoptaba ideas extrañas, perdía la razón, o salía de la iglesia. Un ministro menonita de la Antigua Orden lo explicó así:
La Biblia es como un arroyo. Siempre y cuando te contentes con beber de la superficie, sus aguas permanecerán limpias y claras. Pero si quieres entrar demasiado profundo, agitas el agua, y ésta se vuelve lodosa e inapropiada para beber.
Los anabaptistas enfrentaron una lógica similar en el siglo dieciséis. Por mil años, la iglesia del oscurantismo había convencido a la gente de que las Santas Escrituras eran peligrosas. La gente había llegado a creer que si un hombre “no preparado” tomaba la Biblia, podía ofender a Dios e incluso condenarse.
Al seguir a Cristo, los anabaptistas perdieron esos temores. Ya no se preocupaban acerca de “entrar demasiado profundo” o de condenarse. Veir Grunberger, un mensajero anabaptista arrestado en Salzburgo, Austria en 1576, mencionó en una carta que escribió desde la cárcel, que esperaba haber aprendido de memoria por lo menos cien capítulos del Nuevo Testamento, y se lamentaba el no haber conocido las Escrituras antes, pues si hubiese sido así, hubiera memorizado todo el Nuevo Testamento.Los anabaptistas entraban y comenzaban con los evangelios, pero no rechazaban ni minimizaban otras partes de la palabra escrita.
“Lee las epístolas con diligencia,” escribió Wolfgang Brandhuber. “pídele a Dios que te ayude a entenderlas y Él te enseñará si asistes a su escuela y aceptas su disciplina.”22 “Cuando oímos o leemos las santas Escrituras, es como si oyéramos al mismo Señor Jesús o a sus apóstoles hablándonos, “escribió Leopoldo Scharnschlager. “Todos saben que los materiales en los que están escritas son tinta y papel sin vida, pero si las entendemos correctamente, son mucho más que eso.”23
Las Santas Escrituras ayudaron a los anabaptistas a entrar en comunión con Cristo. Se sentían totalmente bien con las Escrituras. Pero también las temían–cuando la gente las usaba mal. Heinz Kraut, un mensajero anabaptista de Frankenhausen en Thuringen, cayó en manos de los hombres de Martín Lutero el 20 de Noviembre de 1535. Habiendo resuelto ganarlo de vuelta a ellos, los luteranos lo encarcelaron en Jena y mandaron a sus mejores expertos, Gaspar Kreutzinger y Felipe Melanchton, para disputar con él.
Los expertos luteranos citaron escritura tras escritura en defensa de sus posiciones. Finalmente, Heinz ya no podía estar callado. “Usted, maestro Felipe,” dijo él, “¡ha matado más gente con sus Escrituras muertas que lo que han hecho todos los verdugos en toda Alemania!”
Los luteranos respondieron decapitando a Heinz Kraut en Jena, el 26 de Enero de 1536. “Las Santas Escrituras son valiosas para aquellos que las usan bien” testificó un anabaptista en Regensburgo, Baviera, en su juicio. “Pero su mal uso es el origen de toda herejía e incredulidad. Para los escribas y fariseos, las Escrituras no les fueron una guía a Cristo, sino un estorbo, y eventualmente un juicio de Dios.”24 “La salvación del hombre no está limitada a la palabra externa” declaró otro anabaptista en Regensburgo. “La salvación es cuestión sólo de la Palabra Interna.” Y a esto, Ulrico Stadler añadió que es peligroso hacer que la gente dependa sólo de la palabra externa porque “hace un ídolo del predicador, de sus escritos, y de sus palabras. Pero todo eso son sólo imágenes, letreros, señales, y herramientas.” 25
Miguel Sattler, Denodado con la Palabra
Porque tenían plena confianza en la Palabra de Cristo y en el entendimiento guiado por el Espíritu que ellos tenían de ella, los anabaptistas perdieron el temor al hombre. Ante la corte que lo sentenció a muerte, Miguel Sattler, un monje benedictino que se hizo un siervo anabaptista de la Palabra, dijo:
Seremos convencidos por medio de las Escrituras. Si vemos que estamos mal, con gozo sufriremos nuestro castigo. Pero si, de acuerdo con las Escrituras, no estamos mal, entonces yo espero que Dios cambie las mentes de ustedes y ustedes se dejen ser enseñados.
Después de esto, todos los jueces “menearon la cabeza y se rieron unánimemente.” La petición de Miguel, de que usaran las Escrituras en sus lenguas originales como la base para una discusión les parecía ridícula. “Tú, monje renegado y sinvergüenza” dijo con desdeño el secretario que presidía, “¿Disputaremos contigo? ¡Que el verdugo dispute contigo!”
Cuando el juez principal, el Conde Joacim von Zollern le preguntó si quería recibir una sentencia justa, Miguel respondió: “Yo no soy llamado a juzgar la Palabra de Dios, sino a ser testigo de ella… Estamos dispuestos a sufrir por la Palabra de Dios cualquier castigo que ustedes nos impongan. Permaneceremos firmes en nuestra fe en Jesús hasta donde tengamos aliento, esto es, hasta que se nos muestre un mejor camino con las Escrituras.” “Sí, se te mostrará, “replicó el secretario. “El verdugo te mostrará y él disputará contigo.”
“Apelo a las Escrituras” fue la última respuesta de Miguel.26
Menno Simons, La Palabra y la cruz
Después de una reciente división en una iglesia, un ministro dijo: “La otra parte quiere vivir sólo por la Palabra de Dios. Ustedes saben, esa es una posición peligrosa para que la tome una iglesia conservadora.”
Y tenía razón. Vivir sólo por la Palabra de Dios es peligroso. El día que Menno Simons decidió hacerlo, llegó a ser un hombre perseguido, cazado. Las autoridades holandesas pusieron un precio sobre su cabeza. Darle alojamiento llegó a ser una ofensa capital. Él huía de noche. Predicaba mucho. Sufrió mucho, y finalmente murió como un hombre viejo en muletas, desterrado a los fríos páramos azotados por el viento en Schleswig-Holstein, junto al mar Báltico.
Pero Menno no estaba triste. “¿A cuál de las dos seguiremos?” preguntó. Y continuó:
¿Seguiremos la verdad de Cristo Jesús, o las mentiras del mundo? Si contestas que debemos seguir a Cristo, tu juicio está en lo correcto. Pero el resultado será angustia, la pérdida de nuestras pertenencias, el arresto, el destierro, la pobreza, el agua, el fuego, la espada, la rueda, la vergüenza, la cruz, el sufrimiento, la muerte corporal–y entonces la vida eterna. Si respondes que debemos seguir al mundo, juzgas mal. Pues aunque el resultado de tal decisión nos traiga honor y libertad, aunque traiga ventajas materiales, termina en muerte eterna.27
La cruz que los anabaptistas cargaban era pesada. Pero la cargaban por amor a la Palabra: El Verbo, vestido de una ropa teñida en sangre, Quien los llevó…